Córdoba Capital - Argentina

Gabriela Mistral 3562

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La obra de la Iglesia de edificación, si fue hecha “legítimamente” (2 Timoteo 2:5), siempre conducirá a los creyentes a la acción (1 Juan 3:16-18; Sant. 2:14-26).


Como Iglesia, como cuerpo de Cristo, no existimos para nuestro propio egoísmo y comodidad. Tenemos una misión específica en este mundo (1 Ped. 2:9; Juan 20:21; Fil. 2:15).

Esta es la razón de nuestro nombre: “Missio”.

“Missio” es una palabra en latín que significa “enviar”, “misión”.

Es un término que algunos cristianos de los primeros siglos usaban para describir sus reuniones.

Cada reunión, para ellos, no se trataba de darle a la gente lo que quería para que vuelvan el domingo siguiente, ni de una nueva discusión teológica para alimentar su orgullo intelectual.

Cada reunión era una “missio”. El envío a una misión determinada.


Allí donde Dios nos puso, conforme a nuestro llamado y las capacidades y recursos que Dios nos dio (1 Cor. 4:7), cada cristiano está en misión.

Al ser salvado por pura gracia (Ef. 2:8,9) y edificado en la fe (Jud. 20), el seguidor de Cristo ahora ya “no mira por lo suyo propio, sino también por lo de los otros” (Fil. 2:4) y “da su vida por sus hermanos” (1 Juan 3:16), sabiendo que al hacerlo está amando a Cristo (Mat. 25:31-46).


La Iglesia no es la obra de un grupo de profesionales pagos, observada por cómodos espectadores. ¡NO!.

La Iglesia es la creación de Dios (Mateo 16:18) de un cuerpo “bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro” (Efesios 4:16).

¿Formas parte del cuerpo de Cristo?. ¡Estás en misión!.


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