Córdoba Capital - Argentina

Gabriela Mistral 3562

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Una vez que alguien genuinamente fue “librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino del amado Hijo de Dios” (Col. 1:13), comienza la obra de la Iglesia de “edificación”.


La Iglesia no fue instituida por Dios para el entretenimiento de los creyentes. Menos para mantener entusiasmadas u ocupadas a personas que nunca han nacido de nuevo pero que no queremos que dejen de asistir a la congregación.

La tarea de la Iglesia local es “la edificación del cuerpo de Cristo, el perfeccionamiento de los santos para la obra del ministerio” (Ef. 4:11,12; 2 Tim. 3:16,17), “instruyendo en justicia” (2 Tim. 3:16), “estimulándonos unos a otros al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24,25), formando discípulos que lleven fruto que glorifique a Dios (Juan 15:8; Mat. 28:18-20).

Para esto el mandato delante de Dios es que sea expuesta la Palabra en cada reunión “con toda paciencia y doctrina” (2 Tim. 4:1,2), “hablando lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1) y haciendo que “la Palabra del Señor corra y sea glorificada” (2 Tes. 3:1); los líderes deben ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12); los que ministran deben “ministrar conforme al poder que Dios da para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (1 Ped. 4:11), teniendo “comunión unos con otros” (1 Juan 1:7), “anunciando a Cristo, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre con toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Col. 1:28), trabajando en esto hasta el cansancio (Col. 1:29; 1 Tim. 4:10).

Sabiendo que nos ha sido confiada la tarea de “sembrar” y “regar” y confiando que Dios es quien “da el crecimiento” (1 Cor. 3:6,7).


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